«Revivificación» es el nombre de la obra que permite que las neuronas del compositor Alvin Lucier creen sonido a cuatro años de su fallecimiento. Organoides cerebrales, cultivados a partir de células sanguíneas donadas por el mismo Lucier, emiten señales eléctricas que se traducen en golpes sobre placas de bronce. Este proceso genera una composición sonora continua que expande su visión artística más allá de la vida.

Este proyecto fue posible gracias a investigadores de la Facultad de Medicina de Harvard. Los científicos transformaron glóbulos blancos en células madre pluripotentes inducidas y las guiaron para formar estructuras tridimensionales que imitan la actividad de un cerebro en desarrollo. 

Estos «mini-cerebros» residen en una incubadora dentro de una estructura escultórica central, montados sobre una malla con 64 microelectrodos que detectan sus impulsos eléctricos espontáneos. Un software especializado procesa estas complejas señales en tiempo real y activa transductores y pequeños martillos electromecánicos que percuten veinte grandes placas de latón curvadas, estratégicamente dispuestas en la sala. El impacto produce resonancias sostenidas que llenan el espacio, un fenómeno sonoro que fascinó a Lucier a lo largo de su carrera.

«Revivification» establece además un bucle de retroalimentación dinámico. En la galería hay micrófonos que capturan el sonido ambiental y las resonancias de las placas. Estos sonidos se reconvierten en señales eléctricas que estimulan los organoides, lo que permite que la instalación se adapte y potencialmente evolucione con el tiempo y componga continuamente nuevas obras dentro del espacio de la galería.

¿Quién fue Alvin Lucier?

Alvin Lucier (1931-2021) fue una figura clave en la música experimental y el arte sonoro, conocido por su exploración de la física del sonido y la percepción auditiva. Su obra pionera de 1965, «Music for Solo Performer», utilizaba ondas cerebrales alfa para generar música. Con esta creación marcó un hito en la integración de la tecnología biomédica en la creación artística. 

Su fascinación por revelar las propiedades ocultas del sonido culminó en obras influyentes como «I Am Sitting in a Room» (1969), donde la reverberación transformaba gradualmente el habla grabada en las resonancias del espacio. 

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