La periodista de The Wall Street Journal, Joanna Stern, desde febrero utilizó el Bee Pioneer, una pulsera de solo 50 dólares equipada con inteligencia artificial, que grabó de manera continua todas sus conversaciones. Además, probó otros dispositivos similares como el Limitless Pendant y el Plaud NotePin, ambos con funciones avanzadas de grabación y síntesis.

El propósito de estos dispositivos no era espiar, sino funcionar como asistentes personales capaces de transformar conversaciones cotidianas en archivos digitales, generar resúmenes automáticos y emitir recordatorios útiles. “Este brazalete es realmente espeluznante”, confesó Stern, sorprendida por la precisión y el alcance del Bee Pioneer. Los dispositivos captaban el audio, lo enviaban al móvil y luego a servidores remotos, donde la IA generaba transcripciones y resúmenes en minutos. Mientras Bee eliminaba los audios originales tras la transcripción, Limitless permitía conservarlos y reproducirlos posteriormente.

La utilidad de la IA se reflejaba en notificaciones diarias, desde recordatorios laborales hasta alertas inesperadas como “agendar una nueva cita con el estilista para hablar sobre tu corte de pelo”. Los chatbots integrados permitían consultas específicas, como un análisis del vocabulario ofensivo, que arrojó un promedio de 2,4 insultos diarios. Bee utiliza modelos de IA desarrollados por Anthropic, Google y Meta.

Sin embargo, la experiencia también planteó dilemas legales y éticos. Stern grabó la mayor parte de las conversaciones en estados donde solo se requiere el consentimiento de una persona, pero en otros lugares la ley exige la aprobación de todos los involucrados. Las empresas fabricantes aseguran que los datos se almacenan cifrados y pueden eliminarse, además de no usarse para entrenar modelos de IA.

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