El silencio, lejos de ser solo la ausencia de ruido, es un espacio donde la mente puede descansar, reorganizarse y renovarse. Según investigaciones, la exposición diaria a dos horas de silencio promueve la creación de nuevas neuronas en el hipotálamo, una región clave para el bienestar emocional. Además, el área del giro supramarginal, vinculada al amor y la empatía, se activa y funciona mejor en entornos silenciosos.

Durante estos momentos, la corteza prefrontal descansa, lo que permite la activación de la llamada “atención pasiva”, que ayuda a conservar energía sin perder la capacidad de estar alerta. También se reduce la tensión en las neuronas de la corteza auditiva, lo que contribuye a una sensación general de calma y bienestar.

Más allá de los beneficios fisiológicos, el silencio invita a una experiencia profunda de autoconocimiento y aceptación. Pablo d’Ors describe en su libro Biografía del Silencio que la meditación y el estar en silencio con uno mismo permiten dejar de identificarse con el ruido mental —ese 80% de pensamientos irrelevantes que nos distraen— y abrirse a la realidad tal como es.

Este estado de atención plena ayuda a vivir los problemas sin resistencia y observar pensamientos y emociones sin juzgarlos ni aferrarse a ellos. En palabras del poeta místico Rumi: “Escucha el silencio. Tiene mucho que decir”.

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